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Domingo 11 de enero de 2009
Por Carolina Castro / La Nación Domingo
Los “falsos desaparecidos” denunciados por Rubilar y el dolor de sus familias
Otro golpe
Los casos presentados por Karla Rubilar no sólo han provocado un terremoto político. También han reabierto las heridas de los familiares de detenidos desaparecidos. Después de treinta años, vuelven a ocupar los medios para exponer su triste verdad. Los familiares de las víctimas denunciadas sienten que su corazón retrocedió 30 años.
Eric Patricio Juica Cortés: Con gritos de dolor y odio mezclados, Teresa exclama exasperada: "¡Nunca pude llorar tranquila a mi hijo, él era el sustento de la casa, ni siquiera en su funeral, porque tuvimos que andar escapando!". Las dolorosas escenas que vivió hace 21 años reaparecen en su mente.
"Cinco años estuvieron investigando a mi familia, ¡ya tienen la verdad! ¿Por qué no la van a buscar ahí, en los informes? ¿Por qué tienen que venir de nuevo? ¿Por qué no pueden dejar a mi hijo en paz? ¡Ni siquiera muerto lo dejan tranquilo!", arremete con desesperación, de pie en medio del living de su casa en la comuna de Recoleta. Una de las hijas solloza en una esquina, pero ni ella ni sus nietos se acercan a abrazarla.
Así es como ha vivido Teresa Cortés todos estos años, llevando su dolor de madre sola. Nunca interpuso una querella, nunca salió a las calles junto a los otros familiares de detenidos desaparecidos. Nunca buscó los beneficios que le correspondían más allá de la tarjeta PRAI y la pensión, con la que vive junto a sus dos hijas y nueve nietos. Decidió cortar la mayor cantidad de lazos que la ataban a la dolorosa situación, para no traspasarlo a sus hijos, pues no quería perder a ninguno de ellos otra vez.
Eric Juica Cortés trabajaba como suplementero de un quisco en el Hospital José Joaquín Aguirre. "Mi hijo nunca militó en ningún partido, sólo luchaba por lo justo", cuenta Teresa al recordar la muerte de su tercer hijo, producida durante el desalojo de una toma en Conchalí el 2 de abril de 1987. Allí recibió un disparo en la boca, además de balines en sus brazos y piernas.
Inevitablemente, con la reapertura de estos casos, la familia Juica Cortés tendrá que volver a pasar por los interrogatorios de la comisión investigadora, tal como sucedió años atrás, pero Teresa está dispuesta a enfrentarlo porque así se establecerá la verdad: "Esa diputada se va a dar cuenta de que lo que hay aquí es verdad".
Luis Emilio Recabarren González: Ana González nunca olvidará el momento en que en medio de la noche escuchó el lejano llanto de un niño. Era su nieto de dos años y medio, Luis Emilio Recabarren Mena, quien se aferraba a las rejas de la casa.
Ana González salió inmediatamente y vio a una vecina intentando soltarle las manos, quien le explicó que recién había pasado un taxi y habían arrojado al pequeño a ocho casas del lugar, donde había un Topo Gigio tirado en medio de la calle. El niño no hacía más que llorar desconsolado sin decir una sola palabra. Por casi seis meses quedó en estado de shock, pues vio cómo los militares golpeaban el vientre de su madre con las culatas de sus ametralladoras, según investigarían años después.
"Gracias a Dios ese niño no creció con toda esa maldad y se fue a Suecia a los ocho años. Él es una persona sana en ese sentido", comenta su abuela Ana, mientras observa las fotos de su última
visita. Lamenta que todo lo que habían logrado decantar haya sido removido con los dichos de la diputada Rubilar, pues el dolor de revivir toda esa época de nuevo es el mismo.
Aquel 29 de abril que enlutó la historia de la familia Recabarren Mena, Nalbia junto a su esposo Emilio y su cuñado Manuel fueron detenidos por efectivos militares. Al día siguiente, Manuel Segundo Recabarren, cruzaría por última vez la reja de su casa para ir a buscar pistas sobre la desaparición de sus hijos y nuera, pero nunca más fue visto ya que fue detenido minutos después. Desde ese momento, aquella reja permanece con candado. Ana González perdió a dos de sus hijos, a su esposo y a su nuera embarazada.
Horacio Cepeda Marinkovic: Entre el humo del cigarrillo que sube lentamente, Bárbara Cepeda parece visualizar los días en que las calles de Santiago se llenaban de gases lacrimógenos y manifestantes que clamaban por sus seres queridos, con las fotos colgadas y la pregunta retórica ¿Dónde están? Poco a poco, la búsqueda de su padre Horacio Cepeda Marinkovic desaparecido un 15 de diciembre 1976, comienza a tomar forma.
Ella estaba en Bolivia, por lo que apenas supo de la desaparición de su padre, se vino a Chile. "Mi mamá lo buscó en la posta, en las comisarías, en los hospitales, en los centros de detención", comenta mientras repasa cada uno de los días en que junto a su madre, se dedicó a buscar cualquier rastro o indicio del paradero de su padre, sin obtener nada.
Sólo después de años asistiendo a la Vicaría de la Solidaridad, unos testigos se acercaron a la familia para decirles que Horacio fue subido a la fuerza a un automóvil en un paradero de micro en Rodrigo de Araya con Lo Plaza. Luego de interponer una querella en 1977, el ministro en visita designado para el caso determinó que gran parte del "grupo de los trece", altos dirigentes del PC, no figuraban como detenidos, pues sus nombres habían sido registrados en el paso Los Libertadores. Este dato habría ocupado Manuel Contreras para sostener la tesis de su libro. Fue el mismo balde de agua fría que ahora siente Bárbara.
El cansancio de la constante incertidumbre las hizo abandonar su búsqueda, la cual no fue retomada hasta el año 2001 en la Mesa de Diálogo, momento en que se supo que su padre estaba enterrado en la Cuesta Barriga. Junto a su madre, acompañaron los tres meses de excavaciones con el alma en vilo, pero se comprobó que las osamentas encontradas no correspondían a los nombres entregados. Seis años después, tres torturadores de la brigada Lautaro hablaron sobre las muertes de este grupo. Víctor Montiglio, el juez que llevó la causa, dictaminó que sus cuerpos habían sido enterrados, desenterrados y tirados al mar en San Antonio.
"Nunca pensé que íbamos a pasar por todo esto, porque es empezar de nuevo, leer todo de nuevo y siento el mismo dolor, la misma angustia, la misma desesperación de no poder hacer nada, incluso siento la misma sensación de que mi papá está vivo en alguna parte pidiendo ayuda", confiesa Bárbara Cepeda con los ojos llorosos por los dolorosos recuerdos que ha estado reviviendo una vez más durante estos días.
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